TEMPUS FUGIT
La torre del reloj se alzaba en el horizonte, presidiendo toda la región con su majestuosa presencia. Los ecos chasqueantes de sus ruedas dentadas, entremezclados con gráciles tintineos, componían el son de aquella torre, cadenciosa melodía que el viento se encargaba de trasladar al pueblo que reposaba a los pies de la imponente edificación. La torre llevaba allí tanto tiempo que incluso el más anciano del lugar se había criado escuchando su persistente letanía.
Sin embargo, jamás resonaban campanadas procedentes de aquel colosal gigante de carne pétrea y huesos de hierro. Un silencio ominoso invadía la torre cuando llegaban las once, la última hora del día. Incluso los aldeanos callaban cuando el reloj marcaba el final de la jornada, como si temiesen importunar a la vieja construcción.
Se trataba de un baluarte antediluviano, muy maltratado por el tiempo, cuyas enormes piedras se veían revestidas de verdín. La parte más alta de la torre, allá donde se hallaban las campanas, se encontraba en un estado casi ruinoso. Algunos decían que una gran tormenta había destrozado el campanario, desvaído bronce etéreo en suspensión, y que aquella era la razón del mutismo de las campanas. Los daños en la estructura parecían confirmarlo, si bien nadie lo sabía a ciencia cierta. Sus puertas, cerradas a cal y canto, parecían infranqueables, y, por más veces que se había intentado, ninguna persona había logrado adentrarse en su interior. De hecho, la mayoría de los pueblerinos preferían guardar las distancias. Así, pues, nadie se encargaba de mantenerla en funcionamiento.
¿Cómo explicar entonces que aquel reloj siguiera avanzando de forma tan precisa, sin perder nunca ni un solo minuto? Casi parecía que las piezas de aquel intrincado rompecabezas estuviesen sujetas a una ignota deidad cuyo objetivo fuese orquestar los movimientos de aquellos órganos de metal.
Circulaban miles de leyendas sobre la torre, a lo cual sin duda contribuía su aspecto tenebroso. Se decía que, cada cierto tiempo, desaparecía un niño del pueblo, y que esa misma noche sus llantos se aunaban a los sonidos de la torre. También había quien rumoreaba que, generación tras generación, el edificio crecía en estatura, y que, ocasionalmente, alguna parte fragmentada aparecía totalmente renovada de la noche a la mañana. Hasta se escuchaba decir que, algún día, las campanas de la torre resonarían de nuevo con la más bella melodía jamás percibida por oídos humanos.
No había muchos que creyesen las historias (“¡cuentos de hadas!”, decían los escépticos). No obstante, aquellos que llevaban viviendo allí toda su vida, guardaban un extraño silencio en cuanto surgía el reloj como tema de conversación.
Fuera como fuese, la torre constituía un misterio que contribuía a disipar la monotonía de las humildes vidas del municipio. Ya hacía tiempo que habían aceptado que nunca descubrirían la causa de que el reloj siguiese funcionando. Los había incluso que preferían no preguntarse al respecto para conservar el ambiente tétrico de los rumores.
Pero yo sabía la verdad.
Quiso el azar que, en aquel entramado de canillas metálicas y tuberías henchidas de óxido, me criase yo. No guardo ningún recuerdo más antiguo que los achacosos ritmos de la vieja construcción. Mis pies descalzos se pusieron por primera vez en pie entre sus engranajes y poleas. Las ruedas dentadas observaron, como estrellas desde el cielo, el discurrir de mi infancia, marcado por las grandes manecillas doradas de la esfera.
Doce… una… dos… tres… cuatro… cinco… seis… siete… ocho… nueve… diez… once.
Crecí junto a mi padre sin apenas mantener contacto con el mundo exterior más allá de lo estrictamente necesario. Él quería mantenerme ajeno a la maldad imperante fuera de su amada torre. Pasábamos las horas dedicados a la conservación de los mecanismos de relojería. El sueño de mi padre era lograr reparar algún día todos los daños del edificio y volver a escuchar, tal y como decían los cuentos, la música celestial del campanario. Se hacía llamar El Relojero.
“Esos ignorantes nunca conocerán lo que de verdad ocurre entre estos muros. Nuestros ancestros llevan aquí más tiempo del que nadie pueda imaginar. En los viejos tiempos, las campanas transmitían la verdadera voz de Dios, y era un sonido tan maravilloso que llenaba de paz el corazón de cualquier oyente. Acudían personas de todo el mundo para poder contemplar por dentro esta maravilla, para hablar con El Creador y presentarle sus peticiones. Nosotros custodiábamos la entrada. Ninguna otra posición era tan respetada como la de Relojero, pues se nos consideraba los intermediarios de Dios”, decía, con el entusiasmo reflejado en sus brillantes ojos verdes.
“El día de la Destrucción fue el día más triste que ha experimentado la humanidad, hijo mío”, solía añadir después, al mismo tiempo que su semblante se ensombrecía. “Cuando Dios bajó a la Tierra y se dio cuenta de lo crueles y malignos que éramos, de cómo estábamos contaminando su Creación, comprendió que no éramos dignos de oír su voz. Y, furioso, desató una gran tormenta que destrozó el campanario. Nos abandonó, hijo mío, pero nos dejó una promesa: volverá el día que las campanas vuelvan a repicar. Y tú y yo, o tal vez nuestros sucesores, lograremos arreglar la torre, y podremos contemplar este milagro.”
La magnitud de aquella tarea sobrepasaba con creces las capacidades de una sola persona, por lo que, en cuanto levanté dos palmos del suelo, comencé a ayudarle. Yo, que adoraba a mi padre con el cariño más sincero, trataba de ignorar las distracciones de mi mente infantil. A la tierna edad de diez años ya dominaba la mayoría de senderos y collados seguros de entre los peligrosos engranajes, y también sabía que debía evitar la parte antigua del reloj.
- No hay nada que hacer allí, hijo mío. Ningún arreglo de esa zona devolverá el sonido a las campanas. Y las ruedas están tan afiladas que, si entrases, te verías cortado en pedazos en menos que canta un gallo. Debes prometerme que jamás irás allí.
- ¡Lo juro, padre! - aseguraba yo.
En otra ocasión, me mostró un hermoso reloj de bolsillo, cuyas tapas plateadas estaban cubiertas de los más finos ornamentos y filigranas. Grabado en su reverso, se podía leer la inscripción “Tempus fugit”.
- Cuando heredes mi puesto, este reloj te pertenecerá. Mi padre me lo dio antes que yo a ti, y mi abuelo a mi padre antes que él, y así ha sido durante siglos. Ahora vete a dormir, mi futuro Relojero, que ya se acerca la hora.
Doce… una… dos… tres… cuatro… cinco… seis… siete… ocho… nueve… diez… once.
Mi vida transcurría en medio de la serenidad más completa, solo truncada ocasionalmente por las ausencias de mi padre. Yo ignoraba a dónde se marchaba, pero, cuando lo hacía, solía quedarme oculto entre mis cálidas mantas, temeroso y rezando porque llegasen las once, la última hora del día, momento en el cual mi padre, puntual como el reloj de la torre, siempre regresaba. Después, me abrazaba y seguía contándome aquellos relatos de tiempos mejores que calmaban mi espíritu.
Hasta que, cierto día, no volvió. No puedo expresar con palabras la congoja que sacudió mi ánimo cuando el reloj marcó las once y un minuto y mi progenitor no se sentó a mi lado. Permanecí toda la noche despierto, aguardándole, seguro de que el reloj no marcaba la hora adecuadamente. Era imposible que un hombre tan preciso como él se despistase. Estaba totalmente convencido de que pronto volvería a tenerle conmigo, alborotándome el cabello y llamándome “mi futuro Relojero”.
Mas fueron pasando los días sin ningún cambio. A la tercera noche, me atreví a salir solo de mi habitación, por primera vez desde su partida. Le llamé a gritos, inútilmente. Busqué sin cesar por toda la torre, pero no logré dar con él. Me sentía completamente desolado. Sospechaba que, de algún modo, la ausencia era por mi culpa. Tenía que haber alguna forma de hacerle regresar. Una idea comenzó a tomar forma en mi cabeza. ¿No decía mi padre que el sonido de las campanas podía realizar cualquier milagro? ¿No retornaría a mi lado si el mismo Dios volvía a dirigirse a la humanidad? Tal vez se hubiera marchado en busca de otros Relojeros que pudieran ayudarle. Quizás le recuperase cuando la torre estuviera finalizada.
De este modo, tomé la resolución de ponerme manos a la obra. Siempre fui un muchacho ágil, y poco a poco fui aprendiendo a moverme por las zonas más intricadas, aunque, fiel a mi juramento, evitaba la parte vieja. No era fácil mantener limpia y cuidada aquella morrena de bronce, hierro y piedra, y vivía con el constante miedo de que en cualquier momento dejase de funcionar. Pero, como el tiempo transcurría y mis habilidades se iban afianzando, pronto gané confianza. Era optimista con respecto a mis posibilidades. Alguien tan bien dotado como yo, sin duda lograría terminar la obra cumbre de todos mis ancestros.
¡Iluso de mí! No tardé en darme cuenta de mi error. No solo no realizaba ningún avance significativo, sino que cada vez parecía más difícil corregir los múltiples fallos del sistema. Además, cada vez salía al exterior con más frecuencia. Sabía que mi padre pensaba que las personas estaban llenas de maldad y corrupción, pero me justificaba a mí mismo diciéndome que necesitaba comprar nuevas herramientas si quería terminar la obra magna. También preguntaba por mi padre a todo el que podía, pero nunca obtuve una respuesta satisfactoria. Disfrutaba del sol y del frescor, de aquel ambiente tan distinto a la frialdad de la torre, y cada vez me sentía más cómodo allí, aunque procuraba evitar el contacto humano. En un determinado momento en el que me sentí más audaz que de costumbre, incluso me atreví a dirigirle la palabra a una bella joven con los ojos tan verdes como los de mi padre. Le contaba historias sobre la torre del reloj, y ella me escuchaba con el rostro lleno de emoción.
El día que me besó y sentí mi respiración acelerarse, mis latidos tornarse irregulares y mis manos temblorosas, comprendí que no debía volver a salir al exterior. Me maldije a mí mismo, pues era perfectamente consciente de que, si me enamoraba, no querría regresar a cumplir mi ingrato trabajo por más tiempo. “El amor es lo más peligroso a lo que tendrás que enfrentarte jamás, hijo mío”, solía decir mi padre. “En el pasado hubo relojeros que abandonaron su sagrada labor por una mujer, y todos ellos fueron castigados. Son tan culpables de nuestra desgracia como el mismo Demonio.”
¿Era la partida de mi padre mi penitencia? ¿Había adivinado él lo que ocurriría si se marchaba? ¿Se trataba de algún tipo de prueba? Lo ignoraba. Pero estaba decidido a no fallarle. Aquel mismo día cerré con firmeza las enormes puertas de la torre. Tras ello, ascendí hasta lo más alto y arrojé la llave al vacío. Era la única forma de dominar mis impulsos más intrínsecos. Cuando la torre estuviera terminada y mi padre regresara, juntos derribaríamos aquella puerta que vetaba mi paso a la libertad. Y así fue como me entregué en cuerpo y alma a la reparación del edificio.
Las semanas comenzaron a sucederse, fluyendo tan rápido que parecían escaparse entre mis dedos. Prácticamente todos se me antojaban iguales; me levantaba con la salida del sol y no cesaba de trabajar hasta la llegada de las once de la noche. Rara vez me distraía, aunque, de vez en cuando, no podía evitar asomarme por los ventanales para contemplar a los aldeanos, que, ajenos a mi existencia, proseguían sus labores. En aquellos momentos, una punzada de melancolía me invadía. No podía distinguir sus rasgos desde las alturas, pero echaba de menos la calidez de aquella muchacha, las conversaciones banales de los ignorantes habitantes, el sol acariciando mi piel.
- Cuando finalice mi tarea, volverán a escuchar la voz de Dios, y serán puros de nuevo… y yo saldré ahí fuera. Seré admirado por todos, tendré cientos de amigos… ¡miles! Me considerarán su salvador. Y me casaré con aquella chica, la de los ojos verdes, y tendremos hijos… ¡y mi padre volverá! Estará muy orgulloso de mí. Pero ahora, debo trabajar – con aquellas palabras me consolaba cada vez que el desánimo me golpeaba.
Conforme el tiempo fluía, yo iba sintiéndome paulatinamente frenético. ¡Ansiaba ver tantas cosas! En más de una ocasión me vi tentado a derribar la puerta, empero las reminiscencias y evocaciones de mi padre me disuadían. Tenía que verle, tenía que estrechar a ese hombre entre mis brazos una vez más. De lo contrario… ¿cuántos días habría perdido en vano? Cada vez que veía una pareja besándose al amparo del torreón, cada vez que observaba a una familia paseando bajo la sombra de la torre, sentía como si dentro de mi costado no hubiera más que una torpe máquina de carne y sangre, que latía de forma estúpidamente constante.
Por las noches, a duras penas lograba conciliar el sueño. El regular tic-tac invadía mis pesadillas, llenándome de funestos presentimientos. ¿Acaso iba a devorarme mi voluntaria prisión? Pero yo solo podía trabajar, buscando disipar las preocupaciones y congojas con los sordos golpes de mi martillo.
- ¡Cuando acabe esta torre, buscaré a mi mujer, tendré decenas de hijos y les pondré nombres hermosos! ¡Y mi padre, mi padre lo verá todo! – gritaba al vacío.
La torre crecía y se desarrollaba conforme las horas proseguían su arrolladora carrera. Lentamente, entre las argentadas paredes de piedra y óxido, se producían cambios. Y, finalmente, coloqué la última pieza necesaria. Lo había conseguido. Había terminado la torre del reloj. Una indescriptible sensación de victoria se apoderó de mí mientras paseaba entre las campanas, limpiando con mimo sus herrumbrosas superficies.
“Estas campanas llamarán a Dios”, pensé, mientras una risa eufórica escapaba de mi garganta. Ya veía materializadas todas mis ilusiones, todos mis anhelos, todos los sueños de una vida. Solo tenía que esperar a que la torre, el único hogar que había conocido, marcase las once de la noche. Volvería a ver a mi padre, podría salir al exterior… lágrimas de felicidad empañaban mis ojos, aunque no detuve mi constante trabajo. Me recreé observando cómo el paño apartaba la suciedad y dejaba al descubierto una límpida superficie, refulgente como un espejo.
Un espejo.
En ese instante, mi mano se quedó helada, y mis dedos se crisparon de forma convulsa contra el paño. Un repentino temblor se adueñó de mis rodillas al tiempo que mis ojos asistían al más grotesco espectáculo que jamás había presenciado.
-¿Éste… soy yo? – susurré, acariciando aquella enorme campana, incapaz de creer lo que mis sentidos me decían.
Frente a mí, podía ver un hombrecillo viejo y encorvado, cuyos cabellos, antaño lustrosos y castaños, habían desaparecido casi por completo, dejando ralos mechones grisáceos. Su rostro estaba arrugado, macilento, apergaminado, surcado de arrugas. Tal era su palidez que podría confundirse con un cadáver.
Retrocedí, horrorizado ante mi propio reflejo. No. Aquel no podía ser yo. Ese no era el trato. ¿¡Cuándo había perdido mi juventud!? ¿Qué había sido de aquel joven ágil y veloz? ¡De él no quedaba ahora más que un anciano de miembros frágiles!
No podía ser. Sencillamente, no podía aceptarlo.
Huí, descendiendo por entre los engranajes tan deprisa como me permitía mi enajenación. ¡La puerta! Solo podía pensar en la puerta. Tenía que derribar la puerta. Si lograba salir al exterior, tal vez despertase de aquella pesadilla. Sin embargo, lo que para un vigoroso muchacho hubiera sido posible, estaba totalmente fuera del alcance de un hombre de mi edad. Por más que embestí los amplios portones, las puertas no se inmutaron. Permanecieron allí, recias, majestuosas, como burlándose de mi tormento.
Mi corazón anidaba una última esperanza. El sonido milagroso de las campanas podría devolvérmelo todo. Dios le concedería ese pequeño milagro a su Relojero. Él era compasivo, y sabría que yo estaba libre de pecado. Las once. Debía esperar a las once.
Como alma en pena, vagué por entre los familiares engranajes, revisando cada detalle con una minuciosidad propia de un demente. Me detuve al llegar a la parte más vieja de la torre. Nunca había entrado allí, pero no podía consentir que cualquier problema de sus poleas arruinase mi obra. De modo que, pidiéndole perdón mentalmente a mi padre, me atreví a adentrarme con sumo cuidado entre las traicioneras ruedas. Repasé con cuidado su funcionamiento hasta que mi atención se vio atraída por dos enormes engranajes. O, más concretamente, por lo que percibí entre ellos.
Al principio, creí haberlo imaginado, mas aquella visión infernal era tangible. El tiempo había arrebatado la piel y la expresión a aquel cráneo sonriente, y los engranajes habían molido los huesos que quedaban por debajo de la cadera. Mi primer pensamiento fue que aquel desdichado infeliz había tenido la desgracia de quedarse atrapado entre las mortíferas mandíbula del reloj.Entonces, noté un fulgor plateado procedente de la huesuda mano. Con incrédula lentitud, me atreví a quebrar sus dedos esqueléticos. Un reloj de bolsillo cayó al suelo. Lo recogí, temblando, rogando estar equivocado.
Pero no lo estaba. A pesar de todo el tiempo transcurrido, aún funcionaba. La inscripción “Tempus fugit” seguía siendo visible en su superficie.
- ¡No! – vociferé. Mi voz se convirtió en un aullido descarnado mientras el reloj marcaba las once de la noche. El son celestial de las campanas invadió la torre. Aguardé, frenético, esperando escuchar una voz que me llamase, la realización de todas las leyendas que había pasado mi vida creyendo.
Nada.
- ¡No! ¡No es posible! ¿¡Dónde están mis hijos de hermosos nombres!? ¿¡Dónde está mi mujer!? ¿¡Por qué no regresa mi padre!? – sollocé.
Antes de darme cuenta, me encontré de vuelta en el campanario. Llevaba en una mano el reloj, salpicado por pequeñas gotas de sangre negruzca, seca hace ya incontables años. Mi risa, histérica, se entremezcló con el sonido de las campanadas mientras me arrojaba desde lo más alto de la torre, al igual que aquel día de mi juventud había arrojado las llaves de mi vida. Lo último que vieron mis ojos fue aquella funesta inscripción que se había terminado convirtiendo en mi sentencia.
Tempus fugit.
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Doce… una… dos… tres… cuatro… cinco… seis… siete… ocho… nueve… diez… once.
Aquella noche, el sonido de las campanadas fue trasladado por el viento hasta el pueblo. Por primera vez en muchos años, volvieron a escucharse los repiques de la torre.
No fue la alegre melodía que prometían las historias. Se trataba más bien de un son agónico. Transmitían una desolación casi imposible de soportar, el dolor mezquino y miserable que podría haber soportado un ser que terminó dejando escapar lo más valioso que poseemos: el tiempo.
Doce… una… dos… tres… cuatro… cinco… seis… siete… ocho… nueve… diez… once.