Jueves, 17 de abril de 2014
De espejos y realidades.
"No quiero caminar entre locos", dijo Alicia.
"Oh, no puedes hacer nada", le respondió el gato, "todos estamos locos aquí".
~ Lewis Caroll ~
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Ella miraba el mundo a través de un espejo.
Cada mañana al despertar, no abría los ojos sin más, como tantos y tantos hacemos, ajenos a esa maravilla biológica, a ese pequeño milagro andante que es nuestro organismo, ajenos por completo a que una pequeña alteración desafortunada en él podría destrozarnos la vida. No se levantaba, desayunaba, duchaba, se vestía y salía al colegio, con los ojos empañados y la cara soñolienta. No.
Ella se despertaba y pasaba un rato en silencio, asegurándose de que el corazón no se le hubiera detenido. Lo primero que veía al incorporarse de la cama era su propio reflejo, que le devolvía la mirada desde un espejo colgado en la pared. Así, podía atisbarse tal y como el mundo la vería. Pero ella no buscaba contemplarse a sí misma, como cualquier podría pensar. Por el contrario, quería ver la realidad en la que estaba inmersa. Sabía que vivía en un lado del espejo, justo en ese que podía apreciar en cuanto se molestaba en abrir los ojos. Acariciaba con los dedos trémulos su imagen, preguntándose qué encontraría si pudiera traspasar el cristal, si pudiera precipitarse al otro lado. Se permitía divagar un buen rato, con expresión ausente.
"Todos miramos a través de un espejo, pero no lo sabemos", pensaba. "Nos creamos un espejo que proyecte lo que queremos mostrar a los demás, nos creamos un espejo que refleje como pensamos que somos, nos creamos laberintos de cristal que oculten nuestros secretos, laberintos donde derramar nuestra esencia. Y nos creamos un espejo que solo nos permita otear lo que nos afecta directamente. El resto, no es asunto nuestro. Ah, y mucho ojo con querer apartar la vista de los espejos. A los fabricantes no les conviene que lo hagas. Te destrozarán si es necesario"
Y apoyaba la cabeza en el marco, como sumergiéndose en él. De esa forma, quería recordarse que los espejos son imperfectos, que no nos permiten mirar las cosas en su plenitud.
Veía el mundo a través de un espejo, quizás porque, como una más de nosotros, no se atrevía a apartar de la mirada de la refulgente superficie del cristal para sumirla en la cruda realidad. ¿Quién sabe? Podía encontrarse que aquellos que los reflejos mostraban era inexacto e incompleto. Acaso algún día, cuando sintiera que era el momento, apartaría la vista del espejo y se daría cuenta de que las cosas no eran como ella pensaba. Que había vivido toda su vida engañada, mirándolo todo a través de los espejos que le habían impuesto. Ello requería más valor del que creía tener.
Lo cierto es que estaba un poco harta de no poder mirar nunca por sí misma.
No obstante, es posible que le diese demasiado miedo romper el espejo, porque por todos es sabido que los fragmentos rotos cortan, y duelen, y se clavan, y dejan cicatrices. ¿Más cicatrices? Ella ya tenía suficientes en el alma, ese alma cansada que trataba cada día de levantar de la cama, poquito a poco, con palabras hueras convertidas en rutina, pronunciadas en el mismo tono que si fueran dirigidas a un animal herido.
"Vamos, corazón, no te detengas, sigue latiendo. No frenes tu ritmo descompasado. Ya se acerca la claridad del día, ya empiezan los rayos de sol la carrera contrarreloj, conocedores de que su destino es morir cuando caiga la noche. Ya se enfrentan a las nubes, ansiosos por conocer el mundo. Ya se cuelan en nuestras vidas, buscando tal vez rozar la piel de dos enamorados que se besan como si el mundo fuera a terminar un segundo después. Ya caen del cielo, queriendo darle luz a los ojos de una madre que contempla por primera vez a su hijo recién nacido. Ya vienen, ya indagan el camino de dos hermanos que se reencuentran después de varios años. Están aquí, corazón, escudriñando para presenciar el amor del que tanto y a la vez tan poco hablamos las personas.
Y quien sabe lo que realmente hallarán. Quizás alumbren a un niño de costillas hundidas, todo hueso, poca piel, piel oscura, muriendo de hambre, agonizando en voz baja, complaciente, no vaya a ser que sus lamentos hieran los delicados oídos del poderoso al que, no mucho más lejos, otro rayo de sol contribuye a poner moreno en la cubierta de su yate privado. O puede que se filtren en la reunión de los que toleran millones de muertes, e incluso, peor aún, de vidas desgraciadas, convencidos de que no son más que un pequeño precio a pagar por conseguir sus objetivos, sin duda mucho más importantes que la miseria que arrasa estados enteros. Y qué importa, si podemos decirles que conocerán el paraíso cuando mueran, deben pensar. Los primero serán los últimos, y los últimos, los primeros. Qué importa, si solo sirven para salir en documentales que muestren sus míseras condiciones de vida. A ver si la población se siente mal y nos llenamos los bolsillos con sus donaciones. La culpa es suya, por no haber nacido en un país civilizado, en el seno de alguna familia opulenta. Que se lo hubieran pensado mejor antes de nacer.
Pero eso no es algo que robe el sueño al humano de a pie, que derrocha su dinero en ropa de moda, cada vez más extravagante, que solo puede encargarse de su ocupado día a día, ay, María, ¿cómo están los niños? Pues bien, mire usted, el mayor terminando la carrera, ya pronto encontrará trabajo, en el extranjero, claro, que aquí no hay prosperidad, eh, que estamos en crisis, ya pronto se casará y me hará abuela, ya pronto ganará dinero, ya pronto será un ciudadano de pro, centrado en agradar a gente que lo desprecia mientras coarta sus sueños, que son desechados como ilusorias fantasías infantiles. Que Juanito quería ser poeta, ¿se imagina usted? Un niño tan listo, y tan guapo. Con lo poco comercial que es eso. No, está estudiando Derecho, por supuesto. Será abogado, como su padre. Ya verá, las mujeres se pelearán por mi hijo.
Y allí va Juanito, obediente, miradlo, como camina con la cabeza gacha. Y si acaso se le escapa una mirada melancólica a los escaparates de las librerías, bueno. No debe preocupar a nadie. Juanito tiene los bolsillos llenos de dinero. Todo el porvenir se extiende ante él, pobre niño rico capaz de comprar todo lo que el dinero puede permitir. Menos sus sueños. Pero, bah, menuda tontería, porque su mujer es modelo, no veas como le envidian sus vecinos. Fíjate, si hasta tiene una casa de tres plantas. Y eso es lo que importa, al fin y al cabo. Es cuestión de guardar las apariencias. Y de dinero.
Si no, que se lo pregunten a ese pobre desgraciado que malvive con un euro al día en algún lugar de ese extraño continente que es África. Ay, qué lejos. Una realidad demasiado remota para despertarnos la conciencia. Pobres diablos, nada podemos hacer por ellos, dice María. Y sale con su abrigo de visón a la calle, pasa al lado del mendigo harapiento, con la mitad de los dientes caídos, que solo quiere una oportunidad, no para él, sino para sus hijos. Y María, con una mueca de repugnancia, se aparta de esa falta de higiene con piernas. Lo siento, le dice. No llevo nada. Y si no, no se gaste usted el dinero en drogas. O no haber tenido hijos. Ese derecho solo lo tienen los ricos. Y cierra los ojos alegremente ante esa realidad que tiene a la vuelta de la esquina, pero que, para el caso, ya podría hallarse a mil años luz de nosotros. Totalmente ajena a que, en la misma clase de su hijo menor, un niño piensa en suicidarse para escapar del acoso. Mamá, es que ese niño es muy raro, le dice Ricardito. Fíjate, siempre está con las niñas. Es gordo, feo y dice que le gustan las muñecas, en vez de querer jugar al fútbol. Seguro que es un maricón, vaya asco. Además, es el mimado de los profes. Pero le dejamos encerrado en el baño. ¡Si vieras como gritaba! Claro, cariño, le dice la madre, que ni le escucha. Está haciendo una lista mental de las facturas que tiene que pagar, y de como le dirá a su marido que se ha gastado 600 euros en una crema para las arrugas. Ricardito sube corriendo las escaleras, se encierra en su habitación y coge su móvil de última generación. 585 euros mal contados. Regalo de notas, después de sus cinco suspensos. No vaya a ser que sea el único de la clase sin WhatsApp, por Dios, que le puede entrar un trauma al crío. Tampoco pasa nada, ya se le paga una Universidad cara, como al hermano.
Y ahí va Ricardito, sacándose fotos sin camiseta para mandarlas por un grupo. Músculos currados de horas de gimnasio. Que eso sí, la tableta de chocolate es primordial. No se puede ser feo, eso es un delito. Qué horror, a ver si se van a reír de él. Pero no es su caso. Su cabeza está centrado en ver si el viernes puede liarse con la rubia del otro día. Y tendrá que pedirle dinero a papá y mamá para el alcohol. Que, si luego, borracho y a las tantas de madrugada, atropella a alguien con la moto, nuevecita, por cierto, una Ducati Monster 1200 S, y lo deja paralítico... bueno, no pasa nada. Se paga una indemnización y santas pascuas. El dinero todo lo puede. Y Ricardito es el más guay del grupo. Ninguna se le resiste, aunque, eso sí, si una tía se atreve a comportarse como él, debe ser inmediatamente tachada de guarra.
En algún lugar del mundo, alguien llora, porque quiere cambiar las cosas, y le llaman loco, visionario, idiota. Le dicen que el mundo es así, que no puede hacer nada. Que para qué te vas a meter a político, si son todos unos corruptos. Que esto no se arregla. Que no seas tonto. Se ríen a sus espaldas, por lo bajo, como si hablaran de un retrasado mental irrecuperable. Gran corazón, pero muy ingenuo, dicen. Mejor que desista, o no veas los palos que se va a llevar. Y se van a tomarse una cerveza en el bar de la esquina. Ya crecerá. Ya se desengañará.
Venga, corazón, bombea, bombea sin cesar. Que, como decía Sabina, hay más de 100 mentiras que valen la pena. Que seguimos teniendo el amor, y eso nos arregla un poco. Que tenemos libros, y, no sé, algo habremos aprendido después de tantos siglos. Que sigue habiendo jóvenes soñadores. Que aún encontramos adultos valientes. Que no se han extinguido las personas que prefieren morir luchando por sus ideales antes que vivir en el vacío moral. Que, entre tanta desgracia, tanta miseria, tanto sufrimiento, nacen las flores más bellas, y nos sorprenden justo cuando ya estábamos a punto de dar al ser humano por perdido. Y pensamos que, a lo mejor, queda esperanza para el mundo. Que debe haber una salida. Que tiene que existir el otro lado del espejo.
Late, corazón. Que el mundo es duro, pero nosotros lo somos aún más."
¿Y si, un buen día, golpease los espejos que había a su alrededor? ¿Y si se atreviese a mirar más allá de lo que le permitían? ¿Qué haría si pudiera ver, ver de verdad, como jamás había sido capaz? ¿Y si se dedicaba a romper espejos, aun sabiendo que sería perseguida por ello? ¿Y si, destrozados todos los cristales, no tuviéramos más remedio que enfrentarnos a la realidad y tratar de cambiarla? ¿Y si uniéramos nuestras fuerzas? ¿Acaso no formaban millones de diminutas células un cuerpo humano? ¿Acaso la unión de miles de pequeños componentes no daban vida a algo mucho más grande?
¿Qué hay al otro lado del espejo?
Ella no lo sabía.
Ella miraba el mundo a través de un espejo, y eso era todo.
"Oh, no puedes hacer nada", le respondió el gato, "todos estamos locos aquí".
~ Lewis Caroll ~
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Ella miraba el mundo a través de un espejo.
Cada mañana al despertar, no abría los ojos sin más, como tantos y tantos hacemos, ajenos a esa maravilla biológica, a ese pequeño milagro andante que es nuestro organismo, ajenos por completo a que una pequeña alteración desafortunada en él podría destrozarnos la vida. No se levantaba, desayunaba, duchaba, se vestía y salía al colegio, con los ojos empañados y la cara soñolienta. No.
Ella se despertaba y pasaba un rato en silencio, asegurándose de que el corazón no se le hubiera detenido. Lo primero que veía al incorporarse de la cama era su propio reflejo, que le devolvía la mirada desde un espejo colgado en la pared. Así, podía atisbarse tal y como el mundo la vería. Pero ella no buscaba contemplarse a sí misma, como cualquier podría pensar. Por el contrario, quería ver la realidad en la que estaba inmersa. Sabía que vivía en un lado del espejo, justo en ese que podía apreciar en cuanto se molestaba en abrir los ojos. Acariciaba con los dedos trémulos su imagen, preguntándose qué encontraría si pudiera traspasar el cristal, si pudiera precipitarse al otro lado. Se permitía divagar un buen rato, con expresión ausente.
"Todos miramos a través de un espejo, pero no lo sabemos", pensaba. "Nos creamos un espejo que proyecte lo que queremos mostrar a los demás, nos creamos un espejo que refleje como pensamos que somos, nos creamos laberintos de cristal que oculten nuestros secretos, laberintos donde derramar nuestra esencia. Y nos creamos un espejo que solo nos permita otear lo que nos afecta directamente. El resto, no es asunto nuestro. Ah, y mucho ojo con querer apartar la vista de los espejos. A los fabricantes no les conviene que lo hagas. Te destrozarán si es necesario"
Y apoyaba la cabeza en el marco, como sumergiéndose en él. De esa forma, quería recordarse que los espejos son imperfectos, que no nos permiten mirar las cosas en su plenitud.
Veía el mundo a través de un espejo, quizás porque, como una más de nosotros, no se atrevía a apartar de la mirada de la refulgente superficie del cristal para sumirla en la cruda realidad. ¿Quién sabe? Podía encontrarse que aquellos que los reflejos mostraban era inexacto e incompleto. Acaso algún día, cuando sintiera que era el momento, apartaría la vista del espejo y se daría cuenta de que las cosas no eran como ella pensaba. Que había vivido toda su vida engañada, mirándolo todo a través de los espejos que le habían impuesto. Ello requería más valor del que creía tener.
Lo cierto es que estaba un poco harta de no poder mirar nunca por sí misma.
No obstante, es posible que le diese demasiado miedo romper el espejo, porque por todos es sabido que los fragmentos rotos cortan, y duelen, y se clavan, y dejan cicatrices. ¿Más cicatrices? Ella ya tenía suficientes en el alma, ese alma cansada que trataba cada día de levantar de la cama, poquito a poco, con palabras hueras convertidas en rutina, pronunciadas en el mismo tono que si fueran dirigidas a un animal herido.
"Vamos, corazón, no te detengas, sigue latiendo. No frenes tu ritmo descompasado. Ya se acerca la claridad del día, ya empiezan los rayos de sol la carrera contrarreloj, conocedores de que su destino es morir cuando caiga la noche. Ya se enfrentan a las nubes, ansiosos por conocer el mundo. Ya se cuelan en nuestras vidas, buscando tal vez rozar la piel de dos enamorados que se besan como si el mundo fuera a terminar un segundo después. Ya caen del cielo, queriendo darle luz a los ojos de una madre que contempla por primera vez a su hijo recién nacido. Ya vienen, ya indagan el camino de dos hermanos que se reencuentran después de varios años. Están aquí, corazón, escudriñando para presenciar el amor del que tanto y a la vez tan poco hablamos las personas.
Y quien sabe lo que realmente hallarán. Quizás alumbren a un niño de costillas hundidas, todo hueso, poca piel, piel oscura, muriendo de hambre, agonizando en voz baja, complaciente, no vaya a ser que sus lamentos hieran los delicados oídos del poderoso al que, no mucho más lejos, otro rayo de sol contribuye a poner moreno en la cubierta de su yate privado. O puede que se filtren en la reunión de los que toleran millones de muertes, e incluso, peor aún, de vidas desgraciadas, convencidos de que no son más que un pequeño precio a pagar por conseguir sus objetivos, sin duda mucho más importantes que la miseria que arrasa estados enteros. Y qué importa, si podemos decirles que conocerán el paraíso cuando mueran, deben pensar. Los primero serán los últimos, y los últimos, los primeros. Qué importa, si solo sirven para salir en documentales que muestren sus míseras condiciones de vida. A ver si la población se siente mal y nos llenamos los bolsillos con sus donaciones. La culpa es suya, por no haber nacido en un país civilizado, en el seno de alguna familia opulenta. Que se lo hubieran pensado mejor antes de nacer.
Pero eso no es algo que robe el sueño al humano de a pie, que derrocha su dinero en ropa de moda, cada vez más extravagante, que solo puede encargarse de su ocupado día a día, ay, María, ¿cómo están los niños? Pues bien, mire usted, el mayor terminando la carrera, ya pronto encontrará trabajo, en el extranjero, claro, que aquí no hay prosperidad, eh, que estamos en crisis, ya pronto se casará y me hará abuela, ya pronto ganará dinero, ya pronto será un ciudadano de pro, centrado en agradar a gente que lo desprecia mientras coarta sus sueños, que son desechados como ilusorias fantasías infantiles. Que Juanito quería ser poeta, ¿se imagina usted? Un niño tan listo, y tan guapo. Con lo poco comercial que es eso. No, está estudiando Derecho, por supuesto. Será abogado, como su padre. Ya verá, las mujeres se pelearán por mi hijo.
Y allí va Juanito, obediente, miradlo, como camina con la cabeza gacha. Y si acaso se le escapa una mirada melancólica a los escaparates de las librerías, bueno. No debe preocupar a nadie. Juanito tiene los bolsillos llenos de dinero. Todo el porvenir se extiende ante él, pobre niño rico capaz de comprar todo lo que el dinero puede permitir. Menos sus sueños. Pero, bah, menuda tontería, porque su mujer es modelo, no veas como le envidian sus vecinos. Fíjate, si hasta tiene una casa de tres plantas. Y eso es lo que importa, al fin y al cabo. Es cuestión de guardar las apariencias. Y de dinero.
Si no, que se lo pregunten a ese pobre desgraciado que malvive con un euro al día en algún lugar de ese extraño continente que es África. Ay, qué lejos. Una realidad demasiado remota para despertarnos la conciencia. Pobres diablos, nada podemos hacer por ellos, dice María. Y sale con su abrigo de visón a la calle, pasa al lado del mendigo harapiento, con la mitad de los dientes caídos, que solo quiere una oportunidad, no para él, sino para sus hijos. Y María, con una mueca de repugnancia, se aparta de esa falta de higiene con piernas. Lo siento, le dice. No llevo nada. Y si no, no se gaste usted el dinero en drogas. O no haber tenido hijos. Ese derecho solo lo tienen los ricos. Y cierra los ojos alegremente ante esa realidad que tiene a la vuelta de la esquina, pero que, para el caso, ya podría hallarse a mil años luz de nosotros. Totalmente ajena a que, en la misma clase de su hijo menor, un niño piensa en suicidarse para escapar del acoso. Mamá, es que ese niño es muy raro, le dice Ricardito. Fíjate, siempre está con las niñas. Es gordo, feo y dice que le gustan las muñecas, en vez de querer jugar al fútbol. Seguro que es un maricón, vaya asco. Además, es el mimado de los profes. Pero le dejamos encerrado en el baño. ¡Si vieras como gritaba! Claro, cariño, le dice la madre, que ni le escucha. Está haciendo una lista mental de las facturas que tiene que pagar, y de como le dirá a su marido que se ha gastado 600 euros en una crema para las arrugas. Ricardito sube corriendo las escaleras, se encierra en su habitación y coge su móvil de última generación. 585 euros mal contados. Regalo de notas, después de sus cinco suspensos. No vaya a ser que sea el único de la clase sin WhatsApp, por Dios, que le puede entrar un trauma al crío. Tampoco pasa nada, ya se le paga una Universidad cara, como al hermano.
Y ahí va Ricardito, sacándose fotos sin camiseta para mandarlas por un grupo. Músculos currados de horas de gimnasio. Que eso sí, la tableta de chocolate es primordial. No se puede ser feo, eso es un delito. Qué horror, a ver si se van a reír de él. Pero no es su caso. Su cabeza está centrado en ver si el viernes puede liarse con la rubia del otro día. Y tendrá que pedirle dinero a papá y mamá para el alcohol. Que, si luego, borracho y a las tantas de madrugada, atropella a alguien con la moto, nuevecita, por cierto, una Ducati Monster 1200 S, y lo deja paralítico... bueno, no pasa nada. Se paga una indemnización y santas pascuas. El dinero todo lo puede. Y Ricardito es el más guay del grupo. Ninguna se le resiste, aunque, eso sí, si una tía se atreve a comportarse como él, debe ser inmediatamente tachada de guarra.
En algún lugar del mundo, alguien llora, porque quiere cambiar las cosas, y le llaman loco, visionario, idiota. Le dicen que el mundo es así, que no puede hacer nada. Que para qué te vas a meter a político, si son todos unos corruptos. Que esto no se arregla. Que no seas tonto. Se ríen a sus espaldas, por lo bajo, como si hablaran de un retrasado mental irrecuperable. Gran corazón, pero muy ingenuo, dicen. Mejor que desista, o no veas los palos que se va a llevar. Y se van a tomarse una cerveza en el bar de la esquina. Ya crecerá. Ya se desengañará.
Venga, corazón, bombea, bombea sin cesar. Que, como decía Sabina, hay más de 100 mentiras que valen la pena. Que seguimos teniendo el amor, y eso nos arregla un poco. Que tenemos libros, y, no sé, algo habremos aprendido después de tantos siglos. Que sigue habiendo jóvenes soñadores. Que aún encontramos adultos valientes. Que no se han extinguido las personas que prefieren morir luchando por sus ideales antes que vivir en el vacío moral. Que, entre tanta desgracia, tanta miseria, tanto sufrimiento, nacen las flores más bellas, y nos sorprenden justo cuando ya estábamos a punto de dar al ser humano por perdido. Y pensamos que, a lo mejor, queda esperanza para el mundo. Que debe haber una salida. Que tiene que existir el otro lado del espejo.
Late, corazón. Que el mundo es duro, pero nosotros lo somos aún más."
¿Y si, un buen día, golpease los espejos que había a su alrededor? ¿Y si se atreviese a mirar más allá de lo que le permitían? ¿Qué haría si pudiera ver, ver de verdad, como jamás había sido capaz? ¿Y si se dedicaba a romper espejos, aun sabiendo que sería perseguida por ello? ¿Y si, destrozados todos los cristales, no tuviéramos más remedio que enfrentarnos a la realidad y tratar de cambiarla? ¿Y si uniéramos nuestras fuerzas? ¿Acaso no formaban millones de diminutas células un cuerpo humano? ¿Acaso la unión de miles de pequeños componentes no daban vida a algo mucho más grande?
¿Qué hay al otro lado del espejo?
Ella no lo sabía.
Ella miraba el mundo a través de un espejo, y eso era todo.
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