Hay que cagarla para triunfar.
21 de octubre de 2013. Son las 23:36.
Viejas reflexiones de una filósofa de pacotilla.
Hay momentos en los que no podemos más. Nos vemos obligados a enfrentarnos a algo que supera nuestrascapacidades, o al menos esa es la historia que nos contamos a nosotros mismos. Rebasamos nuestros límites, todo se vuelve difuso, y ya no sabemos cómo seguir adelante. Nos dejamos guiar por el miedo, ese irritante consejero. Y perdemos el rumbo.Es entonces cuando no deseas nada más que rendirte y dejarte caer, porque eso es lo más fácil. No requiere ningún esfuerzo. Admitir tu derrota es responsabilizar a la vida de tus actos, y por un momento te embarga el alivio, porque dejas de ser el culpable. Ya no tienes que seguir luchando. El mundo se ha confabulado en tu contra, ý tú, pobre mortal insignificante, no tienes nada que hacer. Dices que la vida es una mierda, qué tú no la inventaste, que no se puede hacer nada. El destino te jugó una mala pasada, y no te queda otra que joderte. No te gusta, pero te conformas. Es lo que hay.No obstante, cuando haces eso, en el fondo, no puedes controlar esa brizna de culpabilidad que sientes. Aunque lo niegues, eres consciente de que estás siendo injusto afirmando que el universo es hostil contigo. Puede que hayas tenido mala suerte, pero eso no justifica tu actitud. No quiero pensarlo, no quiero admitirlo. Sin embargo, lo sabes. Sabes que podrías dar mucho más de lo que estás dando. Sabes que, aunque lo niegues, podrías haber hecho mil cosas para mejorar la situación. Si empiezas a pensar, te darás cuenta de todos los fallos que has ido cometiendo. Acudirá a tu mente cada cagada, cada mínimo error rondará tus pensamientos. Y eso sólo te hace sentir peor. Porque, por mucho que no quieras emplear esa palabra, has fracasado. Y no es culpa de Dios, ni de las circunstancias, ni del resto del mundo. Es culpa tuya. Tú eres el responsable de tus actos, y va a ser en ti en quien repercutan.Fracaso. Debe ser uno de los términos más dolorosos del diccionario. Es una palabra demoledora, una palabra que pesa sobre tu conciencia como una losa. Como si una molesta vocecilla no cesara de repetirte “fracasado, fracasado, fracasado. Eres un fracasado, un inútil. No vales para nada. Nunca podrás ser nada en la vida. No puedes hacer nada, ríndete ya, acéptalo.”Ese es justo el momento en el que llegan los llantos, los arrepentimientos, el pagar tu mal humor con todo aquel que se pone a tu alcance. El desear intensamente que, de repente, aparezca un hada madrina, como ocurre en los cuentos. Alguien que encarrile tu vida, te diga lo que tienes que hacer y resuelva tus problemas por ti.¡Y no te das cuenta! ¡No te das cuenta de que tu peor enemigo siempre vas a ser tú mismo hasta que aprendas a convivir con tus defectos! Cierras los ojos para no ver que rendirse es de cobardes, que si en lugar de lamentarte estuvieras luchando por remontar, probablemente ya habrías salido del pozo de desesperación en el que tú solito te has metido.¡Piensa un poco! Fracasar no es el problema. Todos lo hemos hecho alguna vez. Incluso esa persona que se te acaba de venir a la cabeza, esa que parece que siempre lo hace todo perfectamente sin ningún esfuerzo… ¡esa persona también se equivoca! Aunque tú no lo sepas ver, detrás de todo aquello que parece salir solo, hay horas de esfuerzo y dedicación. Por eso nunca debemos juzgar a las personas sólo por los resultados: porque no puedes saber lo que le ha costado conseguirlos. Recuerda siempre que si te empleas a fondo en algo, tarde o temprano comenzarás a ver cambiar las cosas, y que el “no puedo” no es más que la triste excusa que te das a ti mismo para no esforzarte.Y es que los fracasos son tan necesarios como los éxitos. Si nunca metiésemos la pata, nadie valoraría cuando hacemos las cosas bien; si nunca fuésemos débiles, si nunca nos comportásemos como idiotas, si nunca no rindiésemos… ¿Qué valor tendría el lograr nuestros objetivos? ¿De qué serviría obtenerlos sin ningún esfuerzo?Necesitamos cagarla para triunfar. Es más, necesitamos cagarla para valorar los triunfos.Nunca pierdas de vista que el problema no es fallar.
El verdadero problema es no aprender de los errores, el rendirse y no seguir adelante o el no actuar por miedo a perder. Somos humanos, y como tales, no somos perfectos. No te obsesiones en lo que haces mal, eso no sirve absolutamente para nada. En vez de eso, busca la manera de hacerlo bien y verás como todo empieza a mejorar sin necesidad de hacer nada más.
Puedes lograr lo que te propongas, pero solo si te entregas a ello en cuerpo y alma.
No hay comentarios:
Publicar un comentario