martes, 11 de noviembre de 2014

Yo contra yo.

Lunes, 14 de abril de 2014


Yo contra yo.

"This is not your home, not your world,
not the place where you should be.
And you understand, deep in your heart,
though you didn't want to believe.
Now you feel so lost in the crowd
wondering if this is all,
if there's something beyond.

Beyond these people, beyond this noise,
beyond night and day, beyond heaven and hell.
Beyond you and me.
Just let it be,
just take my hand and come with me,
come with me…

And run, fly away, don't look back,
they don't understand you at all,
they left you alone in the dark
where nobody could see your light.
Do you dare to cross the door?
Do you dare to come with me
to the place where we belong?

Beyond this smoke, beyond this planet,
beyond lies and truths, beyond life and death.
Beyond you and me.
Just let it be,
just take my hand and come with me,

come with me..."

¿Qué hago aquí? Esa es una buena pregunta. Una buena pregunta cuya solución ignoro. Pero ese no es el problema. Al fin y al cabo, se me ocurren otras cientas, miles, tal vez millones de dudas para las que no tengo respuesta. Y siempre ha sido así. ¿Qué remedio nos queda, más que aceptar nuestras limitaciones? ¿Acaso hay otra forma de vivir que aceptar que nunca llegaremos a conocerlo todo, que hagamos lo que hagamos no podemos tener todo aquello que deseamos?

[...]

¿Por qué estoy escribiendo en un blog estúpido que luego prácticamente nadie va a leer? Es más, ¿por qué estoy siquiera escribiendo?

A primera impresión, la respuesta es simple: Porque necesito vomitar mis mierdas, y no tengo ningún otro lugar donde poder hacerlo con total libertad. Si me apuras, podría responderte con dos simples palabras: sobrecarga emocional.

[...]

Tal vez, si en algún momento hay una persona al otro lado de la pantalla del ordenador, recorriendo estas líneas con la mirada... si tú, seas quien seas, has entrado en este blog y, por alguna razón, ya sea interés por mi persona o mero aburrimiento, has decidido llegar al final de la entrada... 

[...]

Deberías saber algo sobre mí: no soy capaz de permitirle a nadie que vea mis demonios internos. De hecho, yo misma  me atrevo muy pocas veces a mirarlos de frente. Prefiero dejarlos encadenados en los rincones más oscuros de mi alma, a la espera de que algún día me llegue el valor para enfrentarme a ellos.

¿Cómo podría explicarle a alguien lo que me corroe por dentro, si a duras penas logro entenderlo yo? ¿Con qué palabras podría hacerle justicia a todo lo que guardo en rincones remotos de mi mente? ¿A todo lo que me invade cuando me permito pensar en lo que siento? Sería como si un crío de cinco años que aún no sabe restar intentase explicarle las integrales a otro de dos que no es capaz ni de hablar. Y perdona por la comparación, pero en estos momentos no hallo una forma más clara de reflejar la situación.

Y sí, es cierto. Podría dejarlo [...] encerrado, como hago demasiado a menudo. 

Pero no. Esta vez no. Eso sería tan destructivo como disfrutar del tacto de un cuchillo sobre mi piel. Como saltar con los ojos cerrados desde un décimo piso sabiendo lo que te espera.

Necesito sacarlas, arrancarme esas sombras que me devoran por dentro, lenta e inexorablemente. Necesito escupirlas y sentir que tengo el control, aunque solo sea por unos momentos, aunque solo sea para no sentirme tan atrozmente vacía. Meter los dedos en la llaga, como quien dice. Rozar las costras de una heridas es doloroso pero, en cierto modo, se experimenta una retorcida satisfacción. Debe tratarse del mismo instinto masoquista que nos lleva a rascarnos las picaduras de los mosquitos.

Hace demasiado tiempo que solo acudo a la literatura para aliviarme. Siempre como último recurso, cuando ya no sé qué otra cosa podría hacer. E incluso así, rara vez termino los textos que consisten en conversaciones de yo contra yo. Suelen quedarse incompletos, apenas dos líneas garabateadas en márgenes de cuadernos, o quizás unos pocos renglones en un documento de word sin título que termina siendo borrado para que no me diga, en silencio, pero de forma acusadora, que lo complete. Que sea valiente. Que me atreva a derramar mi forma de ver la realidad.

Y eso es exactamente lo que estoy haciendo. Cada vez que escribo algo, siento como si se tratase de un pequeño gesto de desafío hacia el mundo. Como si  volviese a encontrarme con todas las versiones anteriores de mí misma, y todas juntas nos proyectásemos para crear una versión optimizada.

Comprenderás, pues, que no tenía ninguna alternativa. O escribir y sangrar, o sangrar y escribir. No había más.

[...]

Cualquiera de mis archivos corre el peligro de ser descubierto, y tampoco puedo guardármelo todo para mí. De alguna forma tengo que proyectarme hacia el exterior.

De modo que vuelvo a abrir un blog por el simple hecho de que no puedo ser yo misma en ningún otro sitio. Por donde quiera que vaya, siempre experimento esa horrible presión que me obliga a vigilar cada paso que doy. He de ser cuidadosa con cada trozo de papel que escribo, mantener ocultos mis cuadernos, no dejarme nunca el móvil desbloqueado, ni el ordenador encendido, e incluso así, a veces no sirve de nada. No tengo siquiera la opción de abrirme ninguna cuenta en redes sociales sin que me vigilen. Debo callarme lo que pienso a cada momento. No queda espacio en mi casa para que sea yo.

Tan solo me veo tal como soy en los reflejos de los ojos de alguna que otra persona, pero los contados momentos que puedo pasar a su lado son minutos robados al reloj de alguna jornada insípida, siempre a escondidas, como si se tratase de un crimen, constantemente vigilando mis espaldas por temor a que alguien me descubra y vengan ellos a decirme que mi felicidad está mal, que es algo sucio, indigno. Y yo, encogiéndome de hombros, no puedo hacer otra cosa que callar y asentir con la cabeza, aunque por dentro todo mi ser esté pugnando por decir a gritos aquello que no quieren escuchar.

Me domina la claustrofobia. Me siento encerrada, encadenada, reprimida. Como si cada palabra o acción que realizo tuviera que pasar antes por un filtro para desechar aquellas que parezcan inadecuadas al resto del mundo. Como si ser quien soy fuera un delito penado por la ley.

Estoy atrapada en un ambiente al cual no quiero pertenecer pero que no me da opción a escapar. En una casa que ya no siento como mi hogar, con unas personas a las que quiero, pero que no pueden aceptar que no sea lo que ellos esperan de mí. Sin ninguna posibilidad de ser escuchada. Se me condena cada vez que miento, pero mis verdades son desechadas como si se tratase de basura. La única opción que tengo es mostrar lo menos posible de mi verdadero yo, porque colocarme la grotesca máscara de chica modelo es una tarea demasiado titánica para mí.

No quiero mentir. Es más, odio tener que hacerlo. Se me encoge el pecho cada vez que he de preparar un nuevo engaño. Estoy cansada de tropezar constantemente con las redes de mentiras trazadas sin descanso. Si creyera en un Dios bondadoso, le rezaría por detener este bucle incesante de estúpidos embustes, esta farsa en la que vivo inmersa. Como no lo hago, busco la forma de que me permitan mostrarme. Pero, ¿qué hacer cuando tienes prohibido decir la verdad?

Desearía decirles que hay más de lo que todos vemos, que tiene que haber más. Que no acepto que lo importante sea solo lo que nos enseñan, esa normalidad que se asocia erróneamente con felicidad. Yo necesito ir más allá. Ya venía anunciándolo desde pequeña: quiero volar, elevarme muy por encima de el árido páramo de monotonía. Que no quiero una vida correcta, insulsa, desabrida; que eso no es para mí, que no podría soportar ser una más. Que no soy como los demás, ni quiero serlo. Que aspiro a algo mucho mayor. Que puede que no sepa quién soy, pero sí sé quién no quiero ser. 

Que voy a desafiar al mundo, y que estoy dispuesta a luchar, a sufrir, a caer mil veces si es necesario, pero que nada de eso me va a detener. Llevo toda la vida haciéndolo, y no voy a rendirme ahora. 

Esta soy yo. Con todos mis defectos y virtudes. Con mis aciertos y mis fallos. Así es como me han hecho mis circunstancias. No podéis enseñarme que debía seguir mi propio camino y pretender cambiarlo si no os gusta. 

Sigo viva. Viva y en camino. ¿Hacia dónde? Lo ignoro. Tampoco importa. Solo sé que me mantengo en movimiento y que, más tarde o más temprano, llegaré. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario