Lynx tomó aire. Frente a ella, el Portal centelleaba con un destello tenue, apagado. Aquella extraña superficie ondulante, que invitaba a rozarla con los dedos, poseía un brillo contradictorio: era opaco.Tan solo las finísimas líneas de luz plateada que se extendían por todo el Portal, a modo de precaria telaraña, mantenían viva la escasa iluminación. No obstante, a Lynx le parecía que rebosaba vida.
Había perdido la cuenta del tiempo que llevaba contemplando el Portal, sentada sobre hierba salvaje a la cual le vendría muy bien un poco de lluvia, pues comenzaba a teñirse de dorado. Aquella visión le provocaba sentimientos encontrados, y despertaba en ella dudas y sensaciones que llevaban dormidas mucho tiempo. Una parte de ella se moría por traspasarlo y dejarse llevar a donde fuera que aquel Portal la llevase. La otra deseaba salir corriendo.
- Eres idiota - se dijo en voz alta.
Se sentía como tal.Todo el mundo sabe que rebuscar en el pasado rara vez trae cosas buenas. Pero, por algún motivo, no conseguía marcharse de allí. Sus sueños a medias, la conversación de anoche, los recuerdos, y esa canción...
- Todo es culpa de esa estúpida canción - volvió a hablar sola, intentando convencerse a sí misma. Al ver que no lo estaba consiguiendo, comenzó a cantar.
Disimulo los dibujos
que has dejado en mi piel.
Y me marcho por si acaso
vuelves a aparecer...
Apenas había terminado la estrofa cuando escuchó una risita burlona a sus espaldas. Se incorporó bruscamente. No debería haber nadie en aquel lugar. Era solo suyo. Pero no vio a nadie.
- Saludos, Lynx. Cuanto tiempo sin verte. ¿Te has cambiado de gafas?
La chica sintió que un escalofrío le recorría la columna vertebral de arriba abajo. Aquella voz aniñada, aquel tonillo insolente... eran inconfundibles.
- Rai - susurró, y nada más pronunciar ese nombre, la recién llegada se materializó ante sus ojos. Era una niña delgaducha que no aparentaba más de once años, con el cabello muy despeinado. Llevaba puesta una vieja sudadera de color rosa pálido. Lynx odiaba ese color.
- ¿Qué haces aquí? - le increpó.
- ¿Ahora te gusta el morado? Eso me sorprende tanto como me divierte - la niña ignoró sus preguntas haciendo un par de alegres volteretas. Al terminar la última, dio un ágil salto y quedó suspendida en el aire, sin que la gravedad le hiciese mella. Tras flotar unos segundos, terminó por adoptar la postura de sentada y moduló su altitud para poder mirar a la joven cara a cara.
- ¿Qué haces aquí? - repitió Lynx, sin perder la calma.
- Oh, querida, me sorprende que me lo preguntes... ¿Acaso no has sido tú la que me ha llamado?
- ¡Claro que no! - Lynx trató de mantener el tono relajado, pero fracasó estrepitosamente- ¿Para qué iba a llamarte? Se supone que tú y yo somos una. Hicimos un pacto, ¿recuerdas?
- Lo recuerdo perfectamente. Estoy dotada de una memoria prodigiosa. Aunque tú no pareces tener esa suerte - Rai esbozó una sonrisa de medio lado.
La joven respiró hondo. En silenció, contempló a la niña, que se mecía en el aire con los ojos cerrados. Su interlocutora y ella compartían exactamente los mismos rasgos, aunque allí terminaba el parecido. Rai tenía el cabello por la cintura, más largo de lo que Lynx jamás lo había tenido, y su color era oscuro, casi negro. Los ojos de ambas, si bien poseían idéntica forma, también diferían en el tono, siendo los de Rai bastante más atezados. Además, la piel clara de la niña contrastaba con la de su acompañante.
- ¿Qué haces aquí? - repitió Lynx por tercera vez.
- He venido a recordarte quién eres.
- Querrás decir quién fui.
- No. Quiero decir exactamente lo que he dicho - Rai negó con la cabeza, como queriendo cambiar de tema - Mírate. Han pasado años desde la última vez que hablamos. Ahora levantas la cabeza, y rompiste las cuerdas que te ataban a la desesperación. Hace tiempo que dejaste de sentir el verdadero dolor. Ah, estoy satisfecha. Has mejorado mucho.
Lynx no pareció alegrarse con sus halagos.
- En ese caso, no logro comprender a qué has venido.
- Estoy aquí porque me necesitas. Has roto muchas ataduras, pero en tu interior albergas más de tus viejos miedos de los que quieres admitir. Sigues sin estar segura de quién eres, y no haces más que tratar de reafirmarte a la desesperada. Vives rogándole a tu pasado que vuelva. Dejaste atrás el invierno, y también el otoño, pero... ¿eres feliz en la primavera?
Las palabras de Rai seguían siendo tan certeras como siempre. Lynx casi se arrepintió de haber ido al Portal. Casi. Pero, en algún lugar remoto de su conciencia, tenía la esperanza de que aquella fuese la forma de encontrar el camino que no cesaba de buscar. "Tal vez era esto lo que quería cuando vine hasta aquí", pensó.
- ¿Y cómo puedes ayudarme tú?
- De la misma forma en la que puedes ayudarte tú misma. Al fin y al cabo, somos una. Necesitas despertar por completo. Aunque tengas miedo de consumirte. Aunque fracases y no cumplas las expectativas de los demás.
- Raifos, no estoy segura de poder hacerlo. Lo he intentado muchas veces, y...
- Tonterías. Intentarlo no es lo mismo que quererlo. ¿Acaso has olvidado quién eres? Tú no intentas las cosas. Las haces o no las haces. Y solo las llevas a cabo si realmente lo deseas. Tienes que olvidarte de cualquier otra consideración. Es TU vida. Tú eres la Dueño del Destino.
- Pero...
- ¡Basta de peros! Has pedido un camino, y vas a tenerlo.
- ¡Espera! Tal vez sea mejor dejarlo para otro momento. Yo...
- Ah, no. No te lo permitiré. No dejaré que sigas huyendo.
Los ojos de Rai se encendieron hasta convertirse en sendas luces color carmesí. Un fuerte viento comenzó a soplar a su alrededor. Lynx se dio cuenta de que no podía moverse. Impotente, contempló a la niña, que comenzó a cantar.
No fui capitán.
No fui ganador.
Fui solo un extraño.
Un turbulento remolino de recuerdos invadió la mente de Lynx. La brusca intrusión la hizo doblarse por la mitad. Jadeando, comenzó a ver, expuestos ante sí, todos y cada uno de sus errores. En su cabeza, no había lugar para nada más que para las ocasiones en las que había hecho las cosas mal. Visualizó aquellos acontecimientos de los que se arrepentía. Una vez. Y otra. Y otra.
Pero no se detuvo allí. Los recuerdos más dolorosos que tenía asediaron su mente. Sus ojos se nublaron. Inconscientemente, los dirigió hace el Portal. Fue lo último que vio antes de que su visión se oscureciese por completo.Ya no veía nada del paisaje que sabía que la rodeaba. Tuvo la vaga sensación de que estaba desplomándose al suelo, pero no sintió la caída.
No, no me adapté.
No quise ser la sombra
de un monstruo vulgar.
Durante unos instantes, estuvo completamente segura de que iba a enloquecer...
... Y se vio repentinamente sumida en las sombras que tanto temía.
Silencio. Oscuridad. Vacío.
Dolor.
No quiero volver a sentirlo otra vez... Por favor...
"Tienes que recordar"
¡No quiero recordar!
"Tienes que recordar"
Era inmisericorde.
¡Basta, te lo ruego, basta!
Aún suena el cristal
contra la pared
como hace años.
No pude gritar,
no salió la voz.
"Tienes que recordar"
Desesperada, Lynx recordó.
La estaba buscando por ti...
Finalmente, se había atrevido a asomarse a los peores rincones de su mente, aquellos que siempre había evitado. Como si no se tratase de su propia vida, como si se tratase de un espectador ajeno todo lo que había atravesado para llegar hasta ese momento, pudo verlo todo desde fuera, de forma objetiva.
Le sorprendió darse cuenta del cariño con el que recordaba escenas que nunca lo merecieron. Pero más aún el temor que invadía sus memorias de hechos que ahora se le antojaban insignificantes.
¿Por qué tengo tanto miedo?
Se dio cuenta de que muchas barreras que una vez le parecieron infranqueables habían caído. Lugares, personas, sentimientos. Todos se mezclaban en un confuso torbellino. Entraban y salían de su vida sin cesar. Siempre había odiado las despedidas, pero no puedo evitar alegrarse de ver como se esfumaban momentos concretos.
Realmente has cambiado mucho.
Fallos y aciertos. Fracasos y triunfos. Dolor y felicidad. Lo que había vivido y lo que no. Sus deseos y la realidad.
Una revelación prevaleció sobre los demás.
Era, en lo esencial, una humana más.
Y podía decidir.
No lograba sentir su cuerpo. Sin embargo, de alguna forma, cantó, y su voz se impuso a la de Rai, acallándola.
Si tienes valor, reconoce tu deuda y adiós.
Si tienes valor, me retiro un minuto en tu honor.
Pero Raifos no iba a ponérselo fácil. No, ella no. La melodía se distorsionaba por momentos, como si se tratase de una radio mal sintonizada. La chica apretó los dientes. No estaba dispuesta a consentir que se le escapase la canción.
Has dejado de doler.
"Estoy orgullosa de ti".
Lynx siguió cantando.
Si tienes valor, reconoce tu deuda y adiós.
Si tienes valor, me retiro un minuto en tu honor.
Abrió los ojos. Estaba tumbada justo delante del Portal. La silueta de Rai estaba desdibujada. Lynx la miró, y Rai se lanzó hacia ella. La traspasó.
Desapareció.
Pero Lynx escuchó claramente su característica risilla malévola al oído.
Cuando era niña, solía creer que cuando creciese tendría por fin todas las respuestas que anhelaba. Suponía que desaparecerían todos mis rotos, y que no volvería a dudar del mundo. Pensaba que la batalla interna se apagaría y que nunca más me dividiría en dos. Que vería claro ante mí el camino a seguir.
Me pregunto hace cuanto me di cuenta de lo equivocada que estaba.
Y AUN ASÍ, BRILLO MÁS.

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