martes, 11 de noviembre de 2014

Un día sin verte

Un día sin verte.


6 de noviembre de 2013.

¿Qué más puedo decir?


A veces no solo me pierdo entre mis pensamientos. A veces también escucho a las personas que me rodean. A veces mis oídos se abren, y maleducados sonidos se abren paso para obligarme a recibirlos. A veces, mi cabeza se llena del bullicio exterior, y capto retazos de vidas ajenas queriendo llamar mi atención.  A veces, llegan a mí los sentimientos de esos seres tan extraños que son iguales que yo, pero a la vez completamente diferentes. De los humanos, como nos hacemos llamar en esta lengua.
En dichas ocasiones, ese runrún constante me habla de sus protestas por verse atados a otra persona, de cómo ven necesario marcar una cierta distancia con sus parejas. De lo incómodo que resulta que hagan todo lo posible por verles en cada ocasión que se presente.
Y, si he de ser sincera, esas palabras provocan que algo se agite en mi interior, como si de una queja se tratara.
Como si todo mi ser reaccionase ante algo que no puedo aceptar, que no puedo compartir, ante un sentimiento que no puedo hacer mío por más que lo intente. No ahora. No mientras seas tú esa persona.
Como si de repente me viera obligada a contener los alaridos provenientes de lo más profundo de mis entrañas, esos mismos que claman tu nombre.
Como si intentasen salir de mí las palabras que no logro pronunciar, aquellas tan traicioneras que quieren hablar de todas las veces que sueño contigo estando despierta.
Como queriendo explicar las horas sin tu risa alegrándome la vida, sin tus miradas conmoviéndome a cada instante, sin tu aroma envolviéndome en cada abrazo, sin tu voz acariciándome el alma, sin que tus manos me hagan sentir que estoy en casa cuando nuestros dedos se entrelazan.
Como ese agridulce momento de la despedida, siempre impregnado por el dolor de tu partida, pero a la vez coloreado con la ilusión de volver a reunirnos, con el saber que, por algún extraño milagro, no soy yo la única que se niega a decir adiós.
Como mi expresión de idiota cuando me quedo contemplando en silencio la calle por la que acabas de marcharte, tal vez fantaseando, quién sabe, con que de repente te des la vuelta y vuelvas a surgir ante mí.
Como si, de alguna forma, mi voz quisiera salir de la cárcel donde se halla encerrada, como si quisiera resonar en las paredes de mi solitaria habitación, como si ansiara reclamarle al mundo tu ausencia y gritar que, en algún lugar, una niña asustada se pierde cada vez que te alejas, y ya no se encuentra sin tu presencia.
Como si deseara gritarle al mundo que te quiero, que tú eres la culpable de todas y cada una de mis sonrisas tontas, que me has robado el corazón y ya no quiero que me lo devuelvas, porque de poco me sirve si no eres tú quien lo guarda.
Como si fuese posible describir esa gris monotonía tan cruel, ese color del que se tiñe cada momento sin ti.
Como si todas estas palabras mudas tratasen de expresar lo que es un día sin verte. 

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